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El jueves pasado comencé a dictar la formación integral en transgeneracional, formación que ya he dictado 8 veces. Domino a la perfección el contenido, incluso escribí un libro de 300 páginas acerca de mi área de estudio.

Pero aún así, me sentía  tremendamente inseguro. En mi mente rondaban pensamientos que decían: “no sé nada”, “debería cancelar esto”, “todo saldrá mal”, “qué hice”, “ya no soy la misma persona de antes”.

A pesar de que una parte de mí mantenía claridad respecto a lo que sé y lo que valgo, había otra parte de mi mente que estaba tomando protagonismo durante ese día, la cual me hizo dudar no sólo de lo que sé, sino también de mí.

Hacía años que no experimentaba el síndrome del impostor de esta manera.

Lo había visto y trabajado con algunos consultantes, pero ciertamente ya había olvidado cómo atravesar esta situación en mí, al creer que nunca me volvería a pasar.

La verdad disipa las mentiras sobre nosotros.

Esto fue lo que hice para superar esa inseguridad. Espero que también te pueda servir a ti.

Creo que cualquier persona en mi lugar, a solo unas pocas horas de comenzar y con la mente en blanco, se hubiera puesto a repasar los contenidos, tomar notas e intentar que nada se le olvide. Sin embargo, yo sabía que eso no me iba a ayudar. Lo único que iba a hacer era darle más energía a todos esos pensamientos limitantes que estaba teniendo.

Por lo tanto, me puse a ordenar la casa. Preparé las cosas de Rai para que pronto se fuera a dormir, me ocupé de la iluminación de la habitación e intenté desviar mi atención lo más que pude. Sabía que mi mente no era una buena compañera en ese momento, por lo que era mejor ocuparla en algo práctico.

Llegó la hora, me senté frente al computador, encendí la cámara y di acceso a las estudiantes. Tenía algunos apuntes escritos en mi tablet, pero preferí no mirarlos. Simplemente entré en blanco y sin plan de contingencia. Podría haber ganado tiempo en la formación pidiéndoles que se presentaran, pero en vez de eso decidí aplicar lo que he aprendido. Así que lo primero que hice fue abrirme. Les conté que había realizado esta formación varias veces, pero que hoy por algún motivo, sentía que no sabía nada y que incluso había una parte de mí que creía que les estaba haciendo perder su tiempo.

Fui brutalmente honesto respecto a la inseguridad que estaba sintiendo.

Incluso di un paso un poco más allá, y propuse que fuéramos lo más curiosos posible respecto a esta situación que me estaba ocurriendo. Me preguntaba a qué se debían estos pensamientos que me contaba mi mente ¿Por qué, si he hecho esto tantas veces, mi mente ahora me convencía de que no era capaz?

Y esto nos llevó rápidamente a la conclusión de que nuestra mente está dividida. A pesar de que podemos tener múltiples experiencias y recuerdos de haber triunfado, también existen cientos de otros que rondan en nuestra cabeza relacionados con el fracaso.

Son estos mismos pensamientos, los que a veces reaparecen sin previo aviso, pero que no tienen nada que ver con nuestra situación actual. Son solo un dolor del pasado que estamos volviendo a experimentar.

En esos momentos en que me permití abrirme frente al grupo de formación, vinieron recuerdos de mi infancia en el furgón del colegio, cuando sufrí bullying (en esa época no existía esa palabra o no se usaba, pero eso fue lo que ocurrió). También recordé cuando en mi adolescencia se me ocurrió inventar una canción, lo que fue motivo de burlas por mucho tiempo. Así como también otras escenas relacionadas que, producto de experiencias pasadas, me estaban haciendo sentir inseguro en la formación que yo mismo estaba impartiendo.

En medio de ese espacio, siendo honesto y permitiéndome ser vulnerable, experimenté una sensación muy agradable de compasión hacia mí mismo. Pensé, “nada malo está pasando”, todo esto es completamente normal. Es solo una parte de mí herida que está saliendo a flote.

Fue así que, en medio de esa calma, en pocos segundos sentí que volví a “despertar”. Y toda esa seguridad que hay en mí volvió.

Y de hecho, esta misma apertura de la clase sobre lo que me estaba pasando y el llegar a la conclusión de que nuestra mente está dividida, nos llevó a una clase muy potente sobre el inconsciente y las divisiones internas que todos tenemos.

De hecho, a mi parecer, el jueves pasado realicé la mejor apertura de la formación que he hecho en mi vida.

La honestidad es el medio para reconectar.

La honestidad radical y la apertura de un espacio vulnerable permiten la conexión con los demás.  Es muy distinto hablar con nuestros amigos de las anécdotas del fin de semana, a hablar sobre nuestros miedos e inseguridades. Crea un ambiente muy diferente y, dependiendo de la calidad de la amistad, ese ambiente se puede sentir como un lugar tremendamente seguro.

Aunque, tal como estoy contando, ese ambiente seguro también se puede crear con desconocidos.

Pero lo realmente curioso y lo que me interesa compartir hoy, es que esa misma honestidad, el simplemente expresar tu verdad, te reconecta contigo mismo. 

No hay nada más poderoso que ser honestos con lo que estamos sintiendo. Es como si tu alma hablara por ti, expulsara tus miedos (tu ego) y volviera a tomar el control de la situación.

Es mágico y a la vez tan simple.

La mezcla entre honestidad, vulnerabilidad y compasión te llevan a reconectar contigo mismo. Ser honesto con lo que sientes, abre espacios vulnerables de nosotros y el experimentar esos espacios vulnerables sintiéndonos seguros, te lleva a otro nivel de comprensión. Genera un espacio seguro en donde nuestra esencia puede emerger sin problemas.

La siguiente vez que estés dudando de ti, tal vez sea mejor comunicarlo, en vez de guardártelo. El solo hecho de compartir abiertamente tu sentir estableciendo la confianza en los demás, restablece la confianza en ti.

Espero puedas aplicar esto en tu trabajo, en tu relación de pareja, con tus hijos, padres y amigos.

Usa la honestidad sobre lo que sientes para conectar auténticamente con los demás, y sobre todo contigo.

Tal vez experimentes un momento de verdad, en donde las mentiras que te cuenta tu mente desaparezcan por un rato.

Un abrazo,

Ignacio.

Imagen del autor

Quién soy yo?

Mi nombre es Ignacio Urzúa, me dedico a realizar acompañamientos uno a uno para ayudar a las personas a identificar y romper patrones de pensamiento y comportamiento repetitivos que limitan su vida. Me centro en explorar la infancia y la historia familiar de mis consultantes para entender y abordar los conflictos recurrentes en sus vidas.

Los beneficios de este acompañamiento incluyen el desbloqueo de obstáculos en las relaciones, la mejora de la calidad de las relaciones, la identificación de creencias limitantes, la reducción del estrés y el fomento del amor propio. La mayoría de mis consultantes describen las sesiones como un gran despertar, al darse cuenta hasta qué punto repetían su historia familiar y dirigían su vida en base a sus heridas de infancia.

Estaré encantado de acompañarte en tu proceso. 

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