FORMACIÓN INTEGRAL EN TRANSGENERACIONAL

RESUMEN CLASE
La represión también juega a nivel familiar. Nuestra familia es parte de nosotros, lo que ocurre en ella, ocurre también dentro nuestro. Especialmente si existen secretos familiares.

Durante muchos años, las terapias se centraban solo en el individuo, considerando sus propias experiencias como el origen de todo. Sin embargo, con el tiempo, la influencia de la familia en la construcción de la psique se volvió cada vez más notable al punto que el mismo Freud junto con Otto Rank se dieron cuenta que gran parte de los conflictos de sus consultantes se encontraban en su propio entorno familiar.
Inicialmente, la transición del psicoanálisis a la teoría sistémica fue impulsada por Nathan Akerman. Esta transición se hizo porque se reconoció que modificar el ambiente familiar de una persona podía producir cambios en ella de manera más rápida.
Sin embargo, años más tarde surge la epigenética, que desafía la idea de que el ambiente es lo que daña a las personas. Esta teoría propone que incluso los genes son modificables y que, en realidad, lo que daña a nuestras células no es el entorno, sino el mensaje colectivo que reproducimos internamente.
Hace muchos años, los autores Freud y Otto Rank notaron algo. Descubrieron que el problema no radicaba en la familia en sí, sino en las historias familiares que los consultantes contaban. Estas historias frecuentemente se desviaban de la realidad y se asemejaban más a una especie de novela, la cual variaba para cada miembro de la familia.
En otras palabras, el “mensaje colectivo” que cada persona internaliza no tiene que ver necesariamente con el ambiente, sino más bien con su interpretación. Es decir, con la novela que cada uno crea.
Resulta que esta “Novela familiar” es creada no solo por nuestras experiencias intergeneracionales, como los eventos que vimos e interpretamos durante nuestra infancia y adolescencia, sino también por lo que se ha transmitido a través de las generaciones, es decir, lo transgeneracional.
¿Alguna vez te has preguntado de dónde vienen tus miedos? ¿Por qué temes las alturas si nunca has caído de un barranco? ¿A qué se deben todas esas pesadillas de persecución? ¿Por qué tememos a cosas que nunca hemos vivido?
En mi humilde opinión, podrían existir dos posibles respuestas, ambas relacionadas con nuestras creencias. La primera sugiere que vivimos dichos sucesos aterrorizantes en otra vida, mientras que la segunda apunta a que uno de nuestros antepasados vivió tales acontecimientos. No tenemos evidencias para la primera hipótesis, pero no la descarto. En cuanto a la segunda, podríamos pensar que tampoco existe evidencia, pero ahí es donde nos equivocamos.
Para argumentar la segunda hipótesis, tenemos el caso de una niña de cuatro años que Anne Ancelin Shützenberger, la madre del transgeneracional, psicoanalista y Doctora en psicología, atendió en su consulta. Esta niña tenía pesadillas recurrentes en las que la perseguía un monstruo. Despertaba gritando y con dificultades para respirar, y el mismo día de cada año, la tos le generaba un ataque de asma. Al obtener información sobre la fecha de nacimiento de la niña, Shützenberger relacionó el caso con un hecho histórico: entre el 22 de abril y el 26 de abril, las tropas alemanas lanzaron gases de combate sobre las tropas francesas en Ypres. Tras una investigación, se descubrió que un hermano del abuelo de la niña fue uno de esos soldados que murieron asfixiados la noche del 25 al 26 de abril de 1918.
Cuando le pidieron a la niña que dibujara el monstruo que la perseguía en las pesadillas, ella dibujó la máscara que las tropas alemanas usaron en la Primera Guerra Mundial. Esta niña nunca había visto esas máscaras y nunca nadie le había hablado de la muerte trágica del tío abuelo. ¿Cómo pudo pasar toda la información a través de dos generaciones? “Lo que las palabras no dicen, los males lo comunican, lo repiten y lo expresan”, dice Anne Ancelin Shützenberger.
El Chamanismo ya estaba consciente de estos sucesos hace miles de años, teniendo plena consciencia de que lo que no se resuelve en una generación, pasa a la siguiente. Algunos chamanes sostienen que cuando un alma no ha logrado pasar a la gran luz, resuelve sus asuntos pendientes a través de sus descendientes. Sin embargo, el psicoanálisis buscó otra explicación a estos sucesos.
Maria Törok y Nicolás Abraham buscaron dar una explicación a los miles de casos ocurridos en Europa, en donde personas que nunca en su vida habían estado en una guerra, soñaban que estaban en medio de una trinchera y, de pronto, despertaban helados y sudados en su cama. Dichas personas, nunca habían vivido una guerra, pero sus antepasados sí.
Ante situaciones tan trágicas, no se habla más del tema porque causa demasiado dolor. Törok y Abraham tuvieron en consideración esta realidad y llamaron a este acontecimiento “la cripta”. La cripta corresponde a los hechos que causan tanto dolor que nadie habla de ellos. En consecuencia, se genera una especie de sombra alrededor del suceso que da paso al “fantasma”, entendido como un duelo no realizado.
El fantasma, desde la perspectiva del psicoanálisis, no hace mención a un espíritu, sino que es tan sólo una falta de representación en la mente, es decir, la ausencia de representación verbal del acontecimiento trágico y de las emociones asociadas al mismo. El problema surge cuando no podemos representar en palabras los sufrimientos a nivel familiar debido a que no tenemos acceso a ellos en nuestra conciencia. En consecuencia, los somatizamos y los expresamos a través del cuerpo y de nuestros sueños.
La transmisión de este conflicto no se debe únicamente a un suceso trágico, sino al silencio que se guarda en torno a él. Esto da paso a un secreto familiar. Nadie sabe qué pasó con el abuelo, simplemente no está. Pasan los años y un nieto, o incluso un bisnieto, sin la más mínima noción de la tragedia, representa simbólicamente la memoria o las vivencias del abuelo.
Una de nuestras mayores fuentes de sufrimiento, a nivel psíquico, es albergar un suceso extremadamente doloroso y todas las emociones que conlleva en nuestro inconsciente, como un trauma. Esto no aplica exclusivamente a nuestras vivencias, sino también a hechos que vivieron nuestros antepasados y que se mantuvieron en silencio.
Al igual que nuestro inconsciente reprime el contenido altamente doloroso para prevenir que colapsemos ante el dolor, nuestra familia y nosotros incluidos, también guardamos secretos para evitar que los otros sufran. Sin embargo, no nos damos cuenta de que pasa exactamente lo mismo que con la represión. El secreto lucha hasta el cansancio para salir a la luz, causando así un efecto boomerang. Por tratar de evitar el sufrimiento, lo único que hacemos es mantenernos por años en una situación de incomodidad hasta que ya la situación es insostenible y el secreto sale a la luz o se ve representado a través de la repetición.
Uno de los síntomas más notorios que demuestra la existencia de secretos familiares en el árbol es la adicción, cualquiera sea su forma. ¿Has pensado en el significado de la palabra adicción? Si la descomponemos, nos damos cuenta de que la “a” hace referencia a la ausencia de algo, mientras que las sílabas restantes “dicción” hacen alusión a la articulación de los sonidos al hablar, es decir, la “a-dicción” significaría ausencia de verbalización, o en otras palabras ausencia de representación verbal.
Frente a esta ausencia de verbalización, que guarda similitudes con el fantasma psicoanalítico, se busca una forma de compensar dicha carencia a través de una sustancia o conducta. Nicolás Abraham y Maria Törok, también se encontraron con conductas repetitivas y aparentemente irracionales, las que entendieron como la manifestación del fantasma, en donde se encontraban con casos de personas que reconocían haber actuado impulsados por una fuerza mayor, superior a su voluntad.
Quizás hemos sido ciegos en torno a la adicción. La entendemos como una conducta o culpamos a una sustancia, cuando en realidad el conflicto va mucho más allá. Tal vez, la persona en adicción, simplemente es el héroe de la tragedia familiar, pero tristemente es más fácil juzgar que indagar y profundizar en la problemática. La persona en adicción es simplemente quien recibe el mensaje y busca una forma de representarlo, pero al no tener consciencia de aquello que se representa, es incapaz de verbalizarlo y ahí radica la adicción. Todo tiene sentido en la línea genealógica.
Desde la mirada transgeneracional, la adicción es una falta de verbalización de un hecho trágico ocurrido en la familia, que la persona en cuestión no pudo o no tuvo las herramientas para asimilar. Por lo mismo, a través de la adicción se intenta “matar” o “eliminar” aquel acontecimiento familiar que resulta intolerable.
“La adicción surge por el anhelo de encontrar algo perdido. Es un substituto de lo que nos hace falta pero no puede llenar el vacío”, dice Bert Hellinger.
Es necesario entender que cuando hay vacíos en nuestra historia familiar, no se debe necesariamente a una casualidad, es imperioso entonces preguntarnos ¿qué se nos está ocultando y por qué?
Por ejemplo, si no sabemos nada acerca de nuestra abuela materna, probablemente algo ocurrió y por ende es necesario cuestionarnos ¿qué pasó entre nuestra madre y nuestra abuela? ¿a qué se deben estos silencios cuando mencionamos a la abuela?
Frente a esta situación nos encontramos con dos posibilidades; la primera puede ser que la abuela murió de forma trágica, y por tanto, podemos deducir que nunca más se habló de ella debido a que generaba mucho dolor, o podría ser también que nuestra madre odiaba a nuestra abuela y por lo mismo decidió excluirla de la historia.
De a poco comenzamos a ver indicios del origen del conflicto familiar que hasta el momento, hemos visto que posiblemente tiene que ver con hechos altamente traumantes y con los secretos familiares que, al no ser verbalizados, se transforman en un mensaje que se transmite de inconsciente a inconsciente, buscando representación.
Existe otra forma de representar un conflicto familiar: a través de la búsqueda constante de reparación, que a menudo se realiza mediante profesiones. Por ejemplo, convertirse en terapeuta en una familia donde hay mucho dolor, o en profesor/a en situaciones de infancias difíciles.
En última instancia, el inconsciente familiar sigue los mismos mecanismos que el inconsciente personal; reprime, espera, somatiza y repite lo mismo una y otra vez.
